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Conclusiones de las XXII Jornadas África, sobre las resistencias de los pueblos africanos

Del 13 al 16 de febrero, Valladolid acogió la vigésimo segunda edición de las Jornadas África bajo el título «Tratando de entender lo que pasa en África: resistencias en medio de las crisis y conflictos». Para ello, contó con las ponencias de Gerardo González Calvo, Aurora Moreno Alcojor, Moussa Kane y Rosa Moro, que cosecharon gran asistencia de público.


Desde la asociación Umoya Valladolid – Comité en Solidaridad con África Negra de Valladolid, creemos que para transformar la realidad hay que entender qué pasa. De ahí el objetivo de estas jornadas, con las que buscamos «entender que está pasando en África» o, al menos, algunas realidades en torno a los conflictos y las crisis… y, por supuesto, aproximarnos a las resistencias y resiliencias que oponen los pueblos.







Lunes 13.- Gerardo González Calvo: «¿Por qué se da una imagen conflictiva de África?»


Sobre la imagen conflictiva de África, grabada con fuego en el imaginario occidental, Gerardo González Calvo, en su conferencia, afirma que, en el momento de las independencias -años sesenta del siglo pasado-, «ya se vislumbraba que, con la descolonización, las potencias occidentales no permitirían a los nuevos países soberanos que fueran los dueños de su destino político, económico y cultural».


Y así se hizo, instigando golpes de Estado y asesinatos: Patrice Lumumba, primer ministro de Congo-Kinshasa, asesinado el 17 de enero de 1961; Marien Ngouabi, presidente de Congo-Brazzaville, asesinado el 18 de marzo de 1977; y Thomas Sankara, presidente de Burkina Faso, asesinado el 15 de octubre de 1987, por citar solamente algunos casos. Más de un centenar de golpes de Estado militares se han producido en África dese 1960 y, en los últimos tres años, seis asonadas solo en la región del Sahel. Todo ello con el objetivo de que no se escapara a las antiguas metrópolis occidentales colonialistas el control de «las cuantiosas materias primas del continente, fundamentales para el desarrollo y el nivel de bienestar del Norte».


Desde los medios de comunicación social occidentales se ha fomentado una imagen de África como un continente hambriento, incapaz de arreglar sus problemas por sí mismo. Proponiendo, en esa línea, soluciones simplistas: si tienen hambre, se mandan alimentos y se acaba el problema.


También, en estos mismos medios occidentales, «cuando estallan guerras y conflictos en África, no se analizan las causas, pero sí se culpa de ellas a la barbarie e ineptitud de los propios africanos», lo que fomenta la impresión de que los africanos son unos bárbaros.


Se informa de África solo cuando hay conflictos, lo que provoca en el lector la idea de que está conformada por países sanguinarios y en lucha permanente. E, incluso en estos casos, no se suelen contextualizar los conflictos. Dice Rosa Moro en su libro El genocidio que no cesa en el corazón de África. Una historia de desinformación que «incluso los relatos mediáticos que son verdad, presentados sin el contexto adecuado, es decir, sin ponerlos en relación con las demás partes de la misma guerra, no contribuyen ni a la información ni a la denuncia. Estas historias sin su contexto real no hacen sino contribuir a alimentar el mito del salvajismo de los africanos y a dificultar la verdadera comprensión» de lo que sucede en realidad.


Gerardo González, en su conferencia, propuso «que a la tiranía de la información con imágenes en tiempo real hay que oponer la ética de la reflexión, que permite explicar los hechos y no solo servir imágenes, que, como mucho, pueden provocar una visión fatalista de África y estimular cierta conmoción humanitaria».

Por último, Gerardo González afirmó que «conflictos ha habido -y hay- demasiados en África. Es un problema que existan, porque ello conlleva más desolación y más empobrecimiento, pero es aún más dramático que se aborden sin analizar las causas que los provocan y a quiénes benefician».






Martes 14.- Aurora Moreno Alcojor: «Resiliencias y resistencias al colapso climático en África: el papel de las mujeres»


Con Aurora Moreno Alcojor como conferenciante nos planteamos la cuestión: ¿cómo está afectando la crisis climática al continente que menos contribuye con sus emisiones al calentamiento global (lo hace solamente con el 4 % de las emisiones de CO2 totales) y cual está siendo el papel de las mujeres para afrontarlo?


Explicaba Aurora Moreno que, a la hora de afrontar la crisis climática, únicamente se pone el foco en la transición energética, pero no se abordan otros temas que también están relacionados con esta cuestión, como pueden ser la agricultura, la alimentación, el consumo… Y todo esto sin tener en cuenta la enorme desigualdad entre países y personas respecto a su contribución al cambio climático.


Con la guerra de Ucrania y los problemas de abastecimiento de petróleo y gas de Europa, esta ha puesto la mirada en África y sus recursos energéticos. Gran parte de las extracciones de combustibles fósiles en África están financiadas por los bancos y las grandes petroleras europeas.


Es paradójico observar que África es, a la vez, el continente que menos CO2 emite a la atmósfera y el más afectado por las consecuencias del cambio climático. A ello contribuyen cuestiones sistémicas y de desigualdad: dependencia del sector primario, aumento de población y urbanización, falta de infraestructuras para la investigación del cambio climático (lo que impacta con el aumento de fenómenos climáticos externos, sequías, inundaciones…), aumento del nivel del mar, disminución de fuentes de agua dulce, avance de las tierras áridas, cambios en la diversidad, destrucción de hábitats y cambios en los patrones de pesca y agricultura. Impactos que, a su vez, constituyen aceleradores de otras realidades como las migraciones y los conflictos.

Es importante resaltar que hay sectores de la población más afectadas por estos impactos, como pueden ser las mujeres rurales, las poblaciones indígenas, las zonas periurbanas, las personas desplazadas y la infancia.


¿Cuáles son las razones por las que las mujeres sufren de manera más intensa estos impactos del cambio climático? Entre otras, podemos destacar que son las que se ocupan de alimentar a la familia y de proveer de un agua cuyas fuentes se encuentran cada vez más lejos de sus hogares. También se encargan de cuidar a las personas que tienen cualquier tipo de dificultad dentro de la familia. A su vez, cargan con la ocupación de los hombres que migran y se ocupan de cocinar (y, por lo tanto, de buscar fuentes de energía para ello).


Ante esta situación están surgiendo voces de activistas y organizaciones de mujeres que luchan por la tierra y contra la industria: las mujeres que se dedican a ahumar el pescado en Senegal, Vanessa Nakate en Uganda, Wangari Maathai de Kenia (fallecida en 2011), etc. Existen propuestas de mujeres africanas aportando posibles soluciones a las del cambio climático en sus zonas, pero realmente no se las escucha lo suficiente.


Para finalizar, Aurora destacó el Manifiesto de los Pueblos del Sur: por una Transición Energética Justa y Popular, difundido el pasado 11 de febrero por el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur. Una iniciativa que nace de un grupo de personas y organizaciones de diferentes países de Latinoamérica.






Miércoles 15.- Moussa Kane: «Para entender la conflictividad en el Sahel: la crisis de Mali»


Moussa Kane, en la tercera conferencia, desgranó lo que está pasando en el Sahel y, en particular, en Mali. Comenzó por aclarar que, en árabe, Sahel significa «la costa, el borde del mar», etimología también presente en Sáhara, que significa «desierto». El Sahel atraviesa unos diez países, desde Senegal a Eritrea. Moussa lo llama «la bufanda de África» por eso mismo. Abarca unos 400.000.000 km2.


Como contexto y punto de partida para entender lo que pasa en esta zona de África, destacó que Gadafi (Muamar Muhamad Abu-minyar Gadafi), que gobernó 42 años en Libia, velaba por una unión africana fuerte. Así, el régimen de Gadafi propuso pagar la deuda de los países africanos para que ninguno tuviera que depender de otras potencias. Se iniciaron los trámites para ello con iniciativas como, por ejemplo, el establecimiento de una moneda común. Sin embargo, arrancó un conflicto interno que desencadenó el establecimiento de un gobierno alternativo, el CNT (Consejo Nacional de Transición), apoyado por diferentes países -principalmente, Francia, la OTAN, Reino Unido y Estados Unidos- que querían poner en el poder a quien les conviniera.



Reino Unido persiguió a Gadafi en un avión y lo bombardeó. El CNT lo perseguía por tierra, pero se escondió en un túnel y se salvó. Desde la creación del CNT, Libia tenía dos gobiernos: el bando alternativo, que buscaba apoyo en Rusia y Turquía, y el bando occidental del CNT.


En Mali, tras la Guerra de Libia de 2011, se generó un intenso movimiento de población y de armas desde el sur de Libia hacia varios países del Sahel, entre ellos Mauritania y Níger, pero principalmente Malí. Los países del Sahel son difíciles de autogestionarse por su amplia extensión y sus pocos recursos humanos y económicos. En el norte de Mali, los separatistas del MNLA (Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad) se unieron a los grupos que pretendían aterrorizar a la población, como JIM, MUJAO (Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental) o Al-Qaeda. Estos controlaban la zona y pusieron en marcha un golpe de Estado militar ante la incapacidad del gobierno del presidente Amadou Toumani Toure. El país se convirtió entonces en un campo de batalla total.


Mali comprende aproximadamente 1.200.000 Km2, muchos de los cuales son desierto. Es un país muy rico en recursos naturales, como el litio y el oro, que están controlados por empresas occidentales. Solo el 15 % de los beneficios que generan se quedan en el país.

La guerra de Mali se tradujo en 370.000 desplazados y 170.000 refugiados, según las cifras oficiales, tráfico de personas y mercancías y mucha inestabilidad en el país.


Hablando de los hechos más recientes, en 2020 se estableció un nuevo gobierno democrático, pero en los dos primeros mandatos no se avanzó nada. Los grupos rebeldes quemaron pueblos enteros y la población empezó a levantarse.


Desde 2021, Assimi Goita, un militar con rango de coronel, es el presidente de la transición de Malí. Fue designado por la Corte Constitucional tras un segundo golpe de Estado en el país (el primero data de 2020 y el segundo, de 2021), que obligó a dimitir al presidente Ba N’Daou.


Según los medios de comunicación, «Francia ha ido al rescate de Mali», pero cuando intervino ya tenía sus planes e intereses, apoyó a los dos grupos y no a uno en particular. El gobierno golpista de Goita tiene el apoyo del 90 % de la población.


Mali ha demandado a Francia porque ha entregado armas a grupos armados. Además, instigó un conflicto en el centro de Mali entre sus etnias y, por eso, ahora piden la participación de Rusia. A pesar de todo, muchas localidades ocupadas por los terroristas se han recuperado, algo que no se conoce porque a Francia no le interesa, ya que mancha su imagen. Las próximas elecciones generales de Mali son en 2024.






Jueves 16.- Rosa Moro: «¿Qué pasa en el Congo? el papel de las mujeres en la resistencia y la resiliencia»


La cuarta y última charla de las XXII Jornadas África llegó a cargo de Rosa Moro y versó sobre lo que pasa en el Congo y Ruanda, en relación con las resiliencias y resistencias de las mujeres. Tomó como punto de partida las condiciones de empobrecimiento y deshumanización que, en general, soportan los pueblos de la región central de África. Las duras condiciones que los hace víctimas, material y mentalmente, a la vez, les han hecho resilientes.


En estas condiciones, las mujeres sufren (y han sufrido a lo largo de la historia) la supremacía del heteropatriarcado blanco en mayor o menor medida, pero, siendo negras y pobres, ese sufrimiento se multiplica y, además, estando en guerra permanente, «se multiplica por infinito».


Por la resiliencia ganada a golpe de sufrimiento y humillación durante siglos, muchas mujeres y muchos hombres de la región saben que sin justicia no hay paz, no se pueden garantizar unas condiciones materiales básicas dignas, no se puede hablar de la emancipación de la mujer ni de la sociedad en estas condiciones.


En Occidente, debido a que solo conocemos África a través de la mirada del personal de nuestras agencias de «ayuda», se habla de la mujer solamente bajo unos prismas cliché: principalmente como una «víctima» de violaciones como arma de guerra y, después, como la que lleva todo el peso del continente entero sobre sus espaldas. Bajo este prisma, se menciona su resiliencia y sus capacidades para sobrellevar el peso de todo cuanto les rodea.

Pero las mujeres, muchas de ellas, tienen (¡y siempre han tenido!) un rol mucho más amplio, un rol político dentro de la sociedad en la que viven. ¿Por qué solo se habla de líderes políticos hombres? ¿Dónde están las mujeres que piensan, se movilizan y lideran o viceversa?


En medio de esta situación, son las mujeres quienes gobiernan la vida cotidiana, la VIDA con mayúsculas. Sin ese papel de gobernantes del día a día de la sociedad que realizan las mujeres no se mueve el mundo. ¿Acaso no es eso política? Es mucho más política que la mayoría de las mujeres que tiene el Gobierno de Ruanda en el Parlamento.


El Gobierno de Ruanda, asesorado por grandes compañías de relaciones públicas occidentales, que han construido una imagen progresista del país, mete a muchas mujeres en el Parlamento, que lo promocionan por el mundo deseoso de escuchar historias que se alineen con la agenda de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) de la ONU. Pero esas mujeres no tienen poder real. Son como muebles. Son parte de un escenario construido al más puro estilo de teatro.


La política es otra cosa, y en Ruanda está encabezada por otras mujeres de verdad. No solo la política de gobernar la vida real y cotidiana, sino la política que arriesga la vida por oponerse a la dictadura de la guerra y la humillación de toda la región; esto es, oponerse a los criminales responsables, el grupo cercano a la familia Kagame.


Es el caso de Victoire Ingabire. Llegó a Ruanda para presentarse a las elecciones de 2010 y su vida ha sido una cárcel desde entonces. Han ido asesinando a todo su entorno cercano. La Corte Africana de los Derechos Humanos y de los Pueblos manifestó en 2017 que su gobierno había violado su derecho a actuar en política, pero, a pesar de este reconocimiento, Ingabire sigue aislada en su domicilio.


También las activistas en la diáspora hacen política, Marcelline Nyiranduwamungu, miembro y portavoz de la Red Internacional de Mujeres por la Democracia y la Paz; Perpétue Muramutse, autora de una obra de teatro recientemente estrenada en Quevec, Canadá, donde vive con su familia en el exilio, sobre racismo; Denis Zaneza, que se define así: «I have decided to stick with love. Hate is too great a burden to bear» («He decidido quedarme con el amor. El odio es una carga demasiado grande para soportar»); Natacha Abingene, periodista en Jambo; y tantas otras que arriesgan su vida por la libertad y dignidad de la región africana de los Grandes Lagos.


Algo parecido pasa en la República Democrática de Congo, un país de unos cien millones de habitantes que va a celebrar elecciones este año, a las que se presentan 761 partidos políticos. No se ve a las mujeres en las primeras filas, pero sí se movilizan llenando las sillas de los mítines de esa clase corrupta y traidora que es la clase política congoleña, se movilizan por los privilegios de la clase corrupta, no por la resistencia y la liberación del pueblo.


Pero la verdadera y auténtica política, la que gestiona la vida y la resiliencia social la hacen principalmente mujeres, acompañadas de todos los hombres que quieren unirse a su lucha con sus prioridades bien claras. Primero, las condiciones materiales dignas, la solidaridad y la sororidad (eso que la ONU llama, como si se acabara de inventar, «no dejar a nadie atrás»). Después, los discursos.


Esas mujeres son las que trabajan, acuden y viven en el hospital Panzi y en otros muchos centros sociales de apoyo mutuo a víctimas; las que llenan las calles de protestas; las que protegen y cuidan; las que llenan las sillas de las sesiones de formación política con el Centro Cultural Andrée Blouin, de Kinshasa; las que viven en el extranjero pero respaldan esa formación política, ese cuidado de las condiciones materiales y esa sensibilización para hacer la revolución.

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